Saturday, March 22, 2008

Cordialmente invitado

Imagina una invitación que pone:

Estimado señor padre ­­_nombre y apellido_ sirva la presente para invitarlo al "Congreso bicentenial de creación e invención de pecados capitales." El mismo se llevará a cabo en la ciudad del Vaticano, Roma a finales del año 2008. Nuestro propósito es hacer debutar una nueva edición del manual Maneras de ir al infierno: métodos instantáneos al comienzo del 2009. Someta su propuesta con un de mínimo 10 pecados sugeridos a la dirección adjunta con por lo menos un mes de anticipación. Contamos con presencia en dicho importante evento.

No falte! La salvación del alma de la humanidad está en sus manos.

Atenciosamente,
La Iglesia Católica, Inc.

Pues si la puedes imaginar, debe ser porque existe.

Señales silentes

La piña está agria, la nube no tiene agua, las vacas están flacas y yo estoy esperando una señal que me diga que sí, no otra. Otras las recibo todo el tiempo. Mensajitos del cielo con una vocecita chillona. Como si aquellos papelitos amarillos auto colantes se pegaran a cada resquicio de mi vida para hacerme recordatorios incómodos. Por ejemplo, en la puerta del ómnibus uno dice no tienes tarjeta de ómnibus porque no tienes CPF. A ver si encuentras 2,10 reais. O los bancos, que siempre tienen uno en la puerta que pone usted no puede tener cuenta aquí. Hay uno navegando dentro de mi bolsa que dice no tienes dinero. Y cuando abro la nevera otro anuncia esto debería ser una sándwich medianoche con un quesito, pero son lentejas de ayer. Y claro, en la puerta de mi casa, cuando salgo o cuando regreso, el peor de todos. Lee estás sola.

Sentada en el balcón con las piernas cruzadas en bajo de la bombilla roja que los vecinos quieren que quite, espero una señal. La señal debe venir con una pequeña maletita negra de vinyl llena de papeles de colores, espejuelos, tijeritas, botones y bombones de menta. Ella va a pedir permiso para sentarse y, fumando tabaco en la mecedora, me va a comentar sobre el calor de las últimas tardes del verano.

La señal me ofrece cortésmente un bombón de menta de listas blancas y rojas envuelto en un papelito plateado de celofán que pone en el reverso todo lo que es bueno dura el tiempo necesario para ser inolvidable. Lo pone en otro idioma. Yo me como el bombón y me quedo pensando, con el papelito en la mano.

Cuando me pongo a pensar me imagino siete niñas llorando sentadas a la orilla de un río, todas de vestidos y cabellos largos. Creo que lloran algo que se ha llevado la corriente, que podría ser una cabra, un puñado de alfileres, o una octava niña menor. Y sufro, porque la escena que me imagino es muy cruel y está a punto de caer el sereno y de nacer la luna.

Ya es hora de retirarse, dice la señal. Apaga el cigarro en el cenicero, se levanta y se pone el sombrero. Baja las escaleras que dan a la calle y se va con su maletita negra en la mano. Yo antes de cerrar la puerta, me quedo un poco más allí, y dejo que mis pulmones se llenen de aire de crepúsculo y polvo, y aprieto en la mano el olor de la menta.

Friday, March 14, 2008

Como tú me quieres a mí, parirse no se puede conjugar

Tu voz, tu voz, tu voz
tu voz existe.
Tu voz, tu dulce voz,
tu voz persiste.
Anida en el jardín
de lo soñado.
Inútil es decir que te he olvidado.
-Francesca Ancarola


En las malas no se puede hablar con nadie. No se puede ni siquiera llamar, pagar la cuenta del teléfono. Por eso a veces las personas se quedan incomunicadas. Falta de dinero, lo básico. Y cuando alguien habla sobre amor de madre, se refiere a las llamadas a cobrar. Quien más si no tu madre está dispuesto a pagar por hablar contigo. Sumo en la piscina de la soledad con cabellos que me flotan como algas al nivel de las orejas. Todas las palabras que me llegan, me llegan a través del agua y tienen ese sonido del glu glu glu característico de una mala conexión, típico de las sentencias cortas del MSN.

Por eso, cuando suena el teléfono y contesto, y es la voz ahuecada y húmeda de mi ex marido comienzan a trepar las hiedras en todas direcciones y se multiplican los coquíes. (Para quien no lo sabe, un coquí es una rana del tamaño de un medio peso en la palma de la mano. Habita grandes hojas verdes, bañeras y piletas y es escurridizo y frío como un cubito de hielo. Lo más especial del coquí es que canta toda la noche como un pájaro desvelado y que es exclusivamente, como yo, una criatura de isla.) Cuando escucho su voz después de medio año muda, es como si me llamara la casa.

Escogí recoger, de entre los recuerdos que estaban en el armario de la memoria, nuestra primera noche juntos. Los dos nos bajamos de nuestros autos compactos frente a la entonces mi casa. En el medio de una calle desierta y oscura, cuando en realidad ya era el día de mañana y no la noche de anoche, le lamí la cara de un solo lenguetazo de arriba abajo. Creo que lo interpretó como una invitación. Subió las escaleras y nunca mas se fue. Es decir, nunca mas se fue, hasta el día que cada uno agarró su propio vapor, tranvía, o medio de transportación menos poético hacia su respectiva nada.

Yo, antes de él, existía a media luz. Yo, antes de él, tenía todavía partes de mi cuerpo que se podían considerar vírgenes. Entre ellas, el cerebro.

Me enamore como todas las niñas con complejo de Electra se enamoran, con una fecha de expiración predeterminada; la fecha de mi propio nacimiento. Y al nacer, una vez más, fui separada de mi padre. Así de extraños son los paralelismos perversos.

No reniego mi maternidad, mi acción paridora de ventoleras y brisitas tropicales. Ricardo y yo nos parimos. Quiero decir: Ricardo y yo nos parí. Pero hay verbos que no se pueden conjugar. Hay cosas que no se pueden explicar.

Desbarrada

No tener bar favorito es como no tener patria. Es pero que ser un nómada, con o sin cama. Allá en la isla yo tenía toda una serie de bares favoritos con velloneras como bibliotecas conocidas. 7E palo que nace doblao, 1C lluvia tus besos fríos como la lluvia o 10A mira si te cojo coqueteando, verás. Y ya no tengo ninguno de esos libros aquí. Ni dinero para comprar libros.

No tener bar favorito es no tener privacidad.

Cidade Baixa esta lleno de bares llenos. Nunca hay mesas vacías. Y esos tipos de negro frente a las puertas, ¿quién serán? Y esas tarjetitas que te dan, ¿seré yo la única que se intimida? No tener bar favorito es no tener donde sentarse, es peor que no tener heladería favorita un domingo.

Se me perdieron los bares en Porto Alegre. Los que encontré tienen puertas y ventanas, pavimentos homogéneos y baños poco creativos y notablemente carentes de ignominia en los murales. Y si vas una vez sola, y te sientas por ejemplo, a fumar, beber y escribir, desde la segunda vez es como si te conocieran y no como si tú los conocieras a ellos.

Y estos bares, que son otros, es como si fueran generacionales, estratificados por sexo, edad, raza y posición social. Les falta un borracho permanente como un espíritu chocarrero, les falta el hijo de alguien durmiéndose de sueño en una esquina, les faltan muchas cosas, como decir empanadillas debajo de una bombilla de 60 watts. También pueden ser pinchos o moscas. Definitivamente les faltan guirnaldas de navidad doce meses al año.
Tienen, sin embargo, bolígrafos y papelitos como este.
incómodo cuanto dieciocho cabecitas rojas/ estallidos en potencia con ese olor a pólvora, ese gusto a pensamiento/ y una punta cansada como la punta del lápiz/ grafito u otro material con cabeza/ lechugas que insisten en su mediodía/ paciencia de la ensalada y la siesta/ cualquier cosa que se encienda y pierda el tiempo/ como los desvaríos, como los fósforos

Friday, March 7, 2008

Me leo, y me desconozco con esa calma gostosa con la que me narro, como si navegara. Ahora no me leo por que veo solo grises y soy incapaz de ver el blanco o el negro. Las letras se me pierden, se me convierten en nubarrones y llueven. Y el cielo esta encacaranublado. Pienso si valdrá la pena; si habrá o no maderas, flores y palabritas dentro de poco.

A veces pienso que sí, que la cama tiene hasta dosel. Y entonces todas las estrellas son buenas y todos los números son siete. Veo unidades, pares, y decenas y centenas de cositas, de cualquier cosita, como semillas de girasol, por ejemplo. Veo el piano de Ricardo que siempre amé en secreto. (Quien siempre amé en secreto fue el piano.) Veo que se está casando una bruja un día de lluvia con sol. Escucho al amolador de tijeras.

Pero cuando pienso que no, me invaden las termitas que se comen poco a poco las gavetas y van cavando agujeros y túneles, las medias se me ahorcan en el cordel y las alcantarillas lloran lágrimas que huelen a mierda. Y el precio del ómnibus ha subido, más una vez.

Monday, March 3, 2008

Los excesos

La mano de puño cerrado que aprieta mi vientre bajo es un castigo por mis excesitos del mes pasado. Cuando nada pasaba nada, cuando las mañanas eran igual a las noches y las noches escasas, aconteció el primer excesito de una serie de bastantes.

No fue una sorpresa, a ese ya lo conocía yo, y lo reconocí con esa misma mezcla de agradecimiento y placer de la primera vez. Ese excesito da risadas y bebe cerveza siempre que nos vemos y, aunque a veces lo pesco mirándome de reojo el largo de la falda, es un excesito bastante inofensivo. O mejor digamos, que es un excesito bastante limitado; se limita a una vez cada seis meses. Después hablamos de todo, menos de eso, a veces casi no hablamos más, pero pretendemos que sí. Pensándolo bien, ese excesito es peligroso.

El segundo excesito, fue más bien un exceso. Exceso de belleza, exceso de velocidad. Fue una fiesta para mis sentidos, una coincidencia perfecta de los planetas alineados en complicidad con el eclipse. (Les juro que hubo un eclipse.) Adivino que tiene una hermosa cabeza con una escalera y, no sé cómo, me imagino siempre una biblioteca en el segundo piso. Pero la verdad, es que es un excesito desconocido, y yo sólo me he sentado en su balcón. Es un exceso profundo, sospecho.

El tercer excesito, fue un exceso excesivo. No lo necesitaba. Ni siquiera lo quería. Y para colmo fue planificado. Un exceso planificado. Y yo le pregunté, quieres dormir ahí o quieres dormir en mi cama, que es una pregunta que le copié a un amante. Y el exceso amaneció conmigo y yo lo saqué de mi cama y le hice café tan pronto amaneció. Más tarde lo despaché en un ómnibus. Ese exceso me escribió una carta hace poco.

Ahora sufro las funestas consecuencias. Siempre los excesos tienen gusto de resaca, rompen noches. A veces vienen acompañados de sangre. A veces, de páginas en blanco. Anuncian una herida, una hendidura en la tierra por donde nacer.