Sunday, February 10, 2008

La pausa

A veces existen los milagritos, los oasis en el desierto y llegas a un lugar y hay bebida, sombra y una hamaca. A veces llegas a la Urca del Tiburón y conoces a María, la chica de la casa en el árbol. A veces, escuchas el grave secreto del caracol marino, alguien te entrega una carta, como un pergamino dorado que tendrás que entregar más adelante del camino para identificarte.

Somos cuatro viajeros y en el baúl del carro hay una bandera y un kilo de papas[1]. Vamos camino de Diogo Lopes, el pueblo a la orilla del mar con sus casas sin ventanas y su televisor en la plaza. Diogo Lopes, donde todos se asoman a la ventana a vernos pasar. Somos como viajeros llegados de muy lejos, desde las lluviosas tierras del sur, venimos en paz.

Las puertas de la posada se abren, la mesa es servida, ese día no han traído fruta, pero hay café con leche. Y se detiene todo para recoger conchitas, piedras, patas de cangrejos y estrellas en el cuenco de mi sombrero. Me encuentro con un par de antenas enterradas en la arena y escucho historias de pescador. El silencio me roe los oídos con un ruido de mar tranquilo.

Diogo Lopes en compañía de Mila de espaldas morenas, de una cabra salitrada, de una enorme sensación de levedad.


[1] La bandera la hemos extendido en el comienzo de la BR 101. No es la mía.